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miércoles, 28 de mayo de 2014

Superar la adicción con humildad

Una de las barreras que más cuesta saltar a los pacientes que atiendo es la de la soberbia.

En primer lugar, el paciente adicto tiende a no reconocerse como tal. Puede aceptar que bebe, incluso que bebe en exceso. Puede aceptar que el alcohol le causa problemas en su vida. Pero aceptar que es adicto ¡¡¡uffff!!! eso cuesta mucho.

Y peor aún si el término que empleamos es el de alcohólico. Entonces aún menos. 

Además, yo lo dejo cuando quiera, suelen pensar. 

Y como esa es una verdad a media, porque cualquier adicto puede pasar unos días sin beber. Puede costarle más o menos, a veces nada, pero lo puede conseguir. Pero eso no significa que haya superado su enfermedad adictiva. Simplemente significa que ha entrado en una fase de no consumo, pero liberarse de una adicción va mucho más allá del hecho de no consumir.

Por eso, la falta de humildad lleva muchas veces a la recaída. Como no aceptamos nuestra condición de adictos, creemos que con el paso del tiempo las cosas serán diferentes. Es decir, que podremos beber un poco sin perder el control y sin sufrir de nuevo todas las consecuencias que ya conocemos.

Y por eso mismo, la terapia para la adicción tiene que ir más allá que el simple consejo de dejar de beber, que es imprescindible por otro lado. 

El paciente tiene que asimilar humildemente su condición de adicto y su vulnerabilidad en determinadas circunstancias que debe conocer. Tiene que prepararse para hacer frente a las situaciones de riesgo, las que podrían generarle de nuevo el deseo de beber, y aprender a manejarlas con éxito para evitar las recaídas.

Si la mentira y el autoengaño son uno de los pilares que sustentan la enfermedad adictiva, la soberbia es otro muy importante. Y como remedio para ambas, la verdad y la humildad. Y trabajar todo esto en la terapia sin olvidarse nunca de que el peligro está siempre latente.


Bernardo Ruiz Victoria
Psicólogo Clínico

jueves, 15 de mayo de 2014

El alcohol y la ansiedad social

Desde el punto de vista psicofarmacológico, el alcohol es una substancia ansiolítica. Esto quiere decir que tiene un efecto sedante, calmante, que reduce la ansiedad momentáneamente.

Este es uno de los mecanismos de reforzamiento de la conducta de beber, que acaba llevando a convertirla en una conducta adictiva, es decir, difícil de controlar por parte de la persona adicta.

Si una persona padece, por ejemplo, de ansiedad en situaciones sociales. Imaginemos que le cuesta trabajo hablar con personas desconocidas, presentarse en público, hacer amistades, etc, y encuentra que bebiendo alcohol esa dificultad desaparece y se encuentra en un aparente estado de relajación en el que es capaz de hacer una vida social más adaptada, es muy probable que repita esa conducta en otras ocasiones y que durante un tiempo desarrolle la creencia de que el alcohol le ayuda a relacionarse socialmente.

El problema, por una parte, es que si recurres al alcohol para relajarte socialmente nunca vas a aprender a superar esa ansiedad social, o timidez, por medios naturales. De modo que cada vez va a ser más "necesario" beber en situaciones sociales, y como el alcohol va perdiendo efecto con el tiempo porque el cuerpo se va acostumbrando a él, habrá que beber más para conseguir esa pretendida relajación social, y así sucesivamente, hasta que lo que suele suceder es que la persona desarrolla una dependencia del alcohol al mismo tiempo que una incapacidad de hacer una vida social normal sin beber.

Mal camino es ese, que solo se puede solucionar tomando dos medidas importantes. Uno, dejar de beber. Dos, buscar una ayuda terapéutica para superar esas ansiedades sociales de un modo natural, desarrollando las propias facultades psicológicas que todos tenemos, y aprendiendo a hacerlo para que cada vez resulte más fácil.

En definitiva, como tantas veces repetimos, beber alcohol no resuelve ningún problema de forma eficaz. Tampoco ayuda a superar la timidez o la ansiedad social. Solo a encubrirla y disfrazarla, pero al mismo tiempo a hacerla cada vez mayor.


Bernardo Ruiz Victoria
Psicólogo Clínico
www.programavictoria.com

lunes, 12 de mayo de 2014

Intervención familiar

Hace unos días recibí en mi consulta por primera vez a Pablo. 

Su decisión ha venido motivada por el trabajo que previamente hemos hecho con su entorno familiar, en concreto con su esposa y con una de sus hijas, con las que he tenido varias sesiones preparatorias, las cuales han propiciado un cambio de actitud y de comportamiento, primero en ellas mismas, después en el resto de la familia y, por fin, en el propio paciente.

Las familias sufren mucho al sentirse impotentes ante el problema de la persona adicta que no quiere cambiar. También es frecuente que se sientan culpables de la adicción del otro y de que no sean capaces de hacerle cambiar.

En cambio, con unas orientaciones adecuadas, con un poco de paciencia y de constancia, se puede romper el muro de la negación y ayudar al paciente a iniciar el camino de su recuperación.

Pablo no ha hecho más que empezar. Pero el primer paso es siempre el más difícil y el más importante.

Confiemos en que a partir de ahora todo el sufrimiento que ha pasado esta familia se transforme en alegría y gozo por la liberación de esta esclavitud.


Bernardo Ruiz Victoria
Psicólogo Clínico